Adios al Cisne, la última reina de Paris
- Lorraine Ciudadella

- 6 ene
- 7 Min. de lectura
La noche del 30 de diciembre, en el ocaso del 2025 la partida de Jacqueline De Ribes marcó el fin de una era de buen gusto, elegancia y sofisticación. La condesa De Ribes, que con su elegancia y singular estilo redefinió el significado de la moda y el arte dejó este mundo a los 96 años llevándose consigo el reconocimiento unánime de “la mujer más elegante del siglo”, musa eterna de los grandes diseñadores del siglo XX.

Un 14 de Julio en 1929 en Paris, a 140 años de la toma de la Bastilla nacería en el seno de una influyente familia la exótica Jacqueline Bonnin de La Bonninière de Beaumont. Su sola presencia provocaría una segunda revolución social en la aristocracia francesa.
Desde su nacimiento fue destinada a la grandeza. Su padre, Jean de Beaumont, era un notable piloto de combate y deportista olímpico, mientras que su madre, Paule de Rivaud, era una apasionada del arte y la cultura que trabajó como compositora, pintora, productora teatral e, incluso, traductora. Su abuelo, el conde Olivier de Rivaud de la Raffinière que pertenecía a la aristocracia europea, poseía un castillo, yates y caballos de carreras en la costa vascofrancesa, donde Jacqueline y sus hermanos pasarían mucho tiempo durante su infancia, sobre todo cuando se refugiaron ahí tras las invasión alemana en Paris de la segunda guerra mundial.
Esta peculiar fusión de linaje con creatividad artística, pasión deportiva y distinción aristocrática destinaron una vida en el privilegio de la cúspide social, pero que retaría sus convenciones y evocaría a la innovación.
A los 16 años, el destino la llevó a conocer a Christian Dior gracias a su tío el conde Étienne de Beaumont, quien la llevaría a una fiesta de gala que organizaría el diseñador en su palacio. La fascinación que despertó su ecléctica figura ultra esbelta, cuello alto, porte inimitable y un estilo personal que recordaba a las figuras de las diosas egipcias antiguas, le abrió las puertas definitivamente en los círculos más exclusivos de la moda, convirtiéndose después en musa de futuros maestros como Yves Saint Laurent, quien la describió como su "unicornio de marfil” y que sería solo el presagio de una futura trayectoria amistosa y laboral junto a más figuras como Valentino Garavani, Emilio Pucci, Oleg Casinni, Madame Grès, Balmain, Emanuel Ungaro y Giorgio Armani, por mencionar solo algunos.
A los 18 años, Jacqueline conocería quien apenas un año después sería su esposo y con quien compartiría la vida por más de 60 años: El conde Édouard de Ribes, un héroe de guerra con quien procrearía a sus hijos Elizabeth y Jean. Su matrimonio destacaría en sociedad no solo por el encuentro de dos dinastías relevantes, sino por el amor y la complicidad inquebrantables que mantuvieron por décadas. Juntos navegaron el mundo de la alta sociedad asistiendo a numerosos bailes y convocando memorables fiestas en su palacete de la Rue Bienfaisance en Paris, que reunían no solo al gremio del arte y el diseño, también de la cultura, la literatura y hasta de la política; acunando año tras año una basta colección de arte y bibliotecas y apoyando a numerosas causas filantrópicas y asociaciones benéficas.
En 1955, la pareja hizo uno de sus primeros viajes a Nueva York que cambiaría el rumbo de la carrera de Jacqueline. Allí, en una fiesta en el hotel Waldorf-Astoria conocería a la ya legendaria Diana Vreeland, la todopoderosa editora de Harper's Bazaar, quien, fascinada por la exótica belleza de la aristócrata, le concretó al día siguiente una cita con el fotógrafo Richard Avedon.
Avedón quedó inmediatamente fascinado por su presencia: De estatura poco convencional, estructura ultra esbelta, nariz prominente, pómulos esculpidos y cabello oscuro recogido con volumen, sentenciaría: “Siento pena por las casi bellezas de nariz pequeña".
La belleza de Jacqueline era excepcional pero no convencional. En una era en dónde los cuerpos de las modelos y el estereotipo de belleza universal en general tendían a ser un poco más redondos, con cabellos rubios y narices respingadas, Jacqueline defendió su estilo personal mucho más allá de vestir, con el simple acto aparecer y no parecer, ser ella misma sin ofrecer disculpas al respecto, ni lamentarse por no pertenecer a la norma.
De esa sesión fotográfica surgiría quizá su más icónico retrato, blanco y negro de perfil, cabello trenzado y mirada serena, que se publicaría en el libro de Avedón Observations (1959) y que contaría con la participación y comentarios de Truman Capote, quien al repasar su retrato la apodaría "cisne": Esa era Jacqueline de Ribes, una criatura etérea, mística, parte humana, parte deidad, parte animal, que flotaba en el aire dejando estelas sin comprometer su plumaje a la suciedad de la maleza.
Jacqueline no quiso estereotiparse en el concepto de musa. No. Ella era un agente activo de la moda y en general de todo a lo que pertenecía. Razón y ser; causa y consecuencia; mucho más que inspiración. No conforme con siempre aportar un estilo único y original a las piezas de los grandes diseñadores que siempre portaba (realmente nadie vestía y a nadie se le veían las prendas como a Jacqueline, su estilismo personal era imposible de imitar por otras modelos o señoras de sociedad) Jacqueline diseñaría sus propias creaciones.
Se dice que al inicio fue el propio Oleg Cassini, que ya era el diseñador favorito de Jacqueline Kennedy, quién la invitaría personalmente a que trabajaran juntos algunas colecciones basadas en ideas de ella. Luego, Jacqueline montaría su propio estudio de diseño en su casa de Paris, para el que contrataría a un joven figurista italiano que le hiciera los bocetos. La relación fue muy bien hasta que el joven diseñador pediría regresar a Roma para montar su propia marca. Ese joven era Valentino Garavani y la amistad, el respeto y la admiración entre ambos prevaleció intacta hasta su muerte. Ya en 1983 Jacqueline presentaría en la Semana de la Moda de Paris su propia colección apoyada por su también amigo Yves Saint Laurent, con piezas que reflejaban su esencia atemporal y su comprensión única de la belleza.
Para Jacqueline, la moda era un lenguaje cultural, una forma de arte que debía vivirse con pasión e intensidad y que era enriquecida por los aires del mundo: Desde kaftanes arabescos y orientales, cómodos conjuntos de tejidos de punto para el invierno, vestidos elegantísimos inspiración veneciana, coloridos trajes sastres estructurados pero divertidos, hasta saharianas veraniegas acordes a su fascinación por Ibiza y el escape veraniego que personalmente le representaba. No importaba el estilo o la ocasión, sus prendas siempre tenían un evidente común denominador: Arquitectura poética.
En 1999 Jean Paul Gaultier le dedicó una colección completa: Divine Jacqueline. Los expertos en moda coinciden en que esta fue una colección histórica de Gaultier, ya que haría dos cosas que usualmente no haría ni de hecho volvió a repetir: Por un lado, las prendas enfatizaban una elegancia clásica con líneas sencillas y cortes tradicionales; y por otro, los diseños homenajeaban prendas específicas de otros diseñadores de renombre, algunos de ellos que prácticamente se habían vueltos enemigos personales. El hilo conductor era uno: Homenajear el estilo de Jacqueline, siempre vestida de estas grandes casas de moda, con tendencia clásica, elegante y atemporal, y a pesar de esto, el sello irreverente de Gautier es de algún modo visible en cada prenda que desafiaba las reglas valiéndose de texturas no convencionales, organzas metálicas y peluquerías extravagantes. Jacqueline estaba sentada en primera fila ya usando uno de los modelos.
Esta colección daría pie al libro con el mismo nombre escrito por Dominique Bona, destacada escritora, biógrafa y periodista miembro de la academia francesa a modo de retrospectiva biográfica. No existe sin embargo una autobiografía personal de la propia Jacqueline a pesar de múltiples insistencias e invitaciones. Al respecto, ella simplemente comentaba “Nadie creería todo lo que he vivido”
Jacqueline fue además una ferviente defensora del arte y la filantropía. Como presidenta de UNICEF en Francia y mecenas incansable, dedicó su vida a causas benéficas y al fomento de la cultura. En 2010 fue condecorada con la Legión de Honor de Francia por el presidente Nicolas Sarkozy por sus labores humanitarias y su contribución a la cultura francesa.
En 2015 el MET de Nueva York le organizaría una muestra: “Jacqueline de Ribes, the Art of Style” con más de 60 prendas de alta costura de su propiedad, diseñadas desde la década de los 60 por los grandes coutouriers del mundo. Esta fue otra excepción a la regla, pues prácticamente nunca en la historia del Instituto se había presentado una exhibición con prendas acerca de una persona que no fuera estrictamente su diseñadora. Inspirar también es una forma de arte, y Jacqueline lo hacía mejor que nadie.
En sus últimos años, la condesa De Ribes comenzó a desprenderse de su vasto patrimonio, subastando piezas de arte, joyería y mobiliario de su icónica residencia,
con una de las colecciones privadas más notables de Europa compuesta por objetos asociados a Luis XIV, Luis XV, María Antonieta, obras de Vigée Le Brun, Marguerite Gérard, piezas automáticas del siglo XVIII —incluido un reloj histórico regalado a María Antonieta en 1792— y una biblioteca con ediciones originales de Montaigne, Flaubert y Apollinaire, por decir algo. Los los ingresos fueron destinados a proyectos filantrópicos y asociaciones benéficas. Este gesto de generosidad fue sin duda el epílogo de una vida dedicada al arte y al servicio de los demás.
Jacqueline de Ribes fue mucho más que una mujer de su tiempo; fue una visionaria que definió una era de glamour y sofisticación; el eter entre la clasica pero acartonada aristocracia y la ligereza y estetica moderna. Su legado perdurará inspirando a futuras generaciones a defender su propia voz y estilo en un mundo que parece correr tras las tendencias. Su partida marca el final de una era, pero su espíritu vivirá por siempre en las páginas de la moda y el arte que tocó con su inolvidable presencia.
Adios al Cisne, la última reina de Paris, a tribute by Lorraine Ciudadella, al rights reserved






























































Comentarios